Tierra humana y una mujer del siglo que viene

Primero las presentaciones de rigor: Tierra humana es el nombre de la novela del escritor indonesio Pramoedya Ananta Toer (según un artículo de El País se pronuncia “Pramudia Ananta Tur”). La novela inaugura una saga llamada “Cuarteto de Buru”.

El protagonista se llama Minke y es uno de los primeros nativos con estudios superiores, que en la Indonesia de finales del siglo XIX se entendía como “estudios europeos”. Minke se presenta, desde el inicio, como una rara avis en la sociedad en la que se mueve. Su doble identidad (nativo con educación europea) lo sitúa en todo momento en una zona limítrofe que no siempre es clara.

Tierra humana funciona perfectamente como una Bildungsroman o “novela de aprendizaje”, en la que los lectores asistimos como testigos al desarrollo del personaje.

Debo admitir que al principio la novela me supuso un reto, porque básicamente no sé nada sobre la situación política/económica/social de la Indonesia de esa época, que para más joder era colonia holandesa.

Ese desconocimiento provocó que algunos matices muy sutiles se me escaparan: palabras, costumbres y hasta insultos que a primera vista era incapaz de comprender. Por suerte ninguna de esas omisiones se volvió insalvable. De hecho, el ritmo de la novela es muy bueno y eso hace que uno supere rápido esos obstáculos.

Pero no voy a alargar esta entrada más de lo necesario, así que al grano. Lo que más me gustó de la novela fue un solo personaje: Sanikem, conocida como Nyai Ontosoroh.

Si piensan leer este libro, lo están leyendo o simplemente detestan los spoilers, deténganse aquí.

No creo que yo haya sido el único que se haya dejado seducir por este personaje. Es más, creo que ese era el plan del autor desde el inicio. Pero es difícil no caer en esa trampa: Nyai es un personaje fascinante.

Su vida había sido la de cualquier mujer de aquella época, de aquel lugar: una infancia bastante tranquila e idílica, en el seno de una familia absolutamente machista, donde jamás tendría voz ni voto (ni ella ni su madre) por supuesta. Y lo del machismo no es una exageración de mi parte: su padre la ofreció como concubina a su jefe cuando todavía era una menor de edad solo para lograr un ascenso. El jefe de su padre era el señor Mellema, holandés con mucho dinero y, pese a todas las apariencias, un señor digamos que decente.

Destruida, sin mucho a lo que aferrarse en la vida, prácticamente vendida como esclava por su padre, Sanikem encuentra fuerzas de dios-sabrá-dónde para construirse a ella misma una identidad que le restablezca un poco la dignidad que la sociedad le ha robado. Aprende a leer, a escribir, aprende idiomas, lee revistas especializadas, aprende los modales de la clase alta y los azarosos trabajos de administración de una empresa gigantesca. De hecho, bajo su mando las empresas del señor Mellema se multiplican de forma sustancial. Se convierte en todo lo que las reglas de la cultura dicen que no debe y no puede.

Solo miren la receta:

Una concubina (el término tiene una carga sumamente negativa en el contexto de la novela, digamos que un equivalente sería “puta”), además nativa (entiéndase algo así como “indígena”, con la connotación más peyorativa imaginable) que maneja los negocios de su amo europeo (que en algún momento quedó loco), que tiene la osadía de tener criterio, de decir lo que piensa y de no tener miedo a equivocarse. Como cereza del pastel, súmenle un profundo sentido común.

Nyai es un grandioso personaje por donde se lo vea. Magda Peters, la implacable maestra de literatura de Minke le dedica uno de los mejores halagos que he leído: “es una mujer del siglo que viene”.

Es una lástima que una mujer como ella no pueda vivir entre los suyos. Es como un meteorito que ha de viajar veloz pero solo, que avanza por el espacio, sin límites, y que tanto puede aterrizar en un planeta distinto como volver a la tierra o perderse para siempre en el infinito.

Durante un juicio, Nyai es convocada al estrado para responder unas preguntas, pero, fiel a su estilo, termina dando un magistral discurso sobre humanidad e injusticia. Les dejo un pedazo:

Al señor Mellema me unía un lazo de esclavitud que la ley nunca puso en entredicho. Entre el señor Minke y mi hija existe un amor puro, mutuo. Es cierto que no tiene un vínculo legal, pero cuando nacieron mis hijos, sin esos vínculos, nadie tuvo nada que objetar. Un europeo puede comprar a una nativa como me ocurrió a mí. ¿Acaso esa clase de adquisición es mejor que el amor de verdad? Si los europeos pueden actuar de ese modo porque son ricos y poderosos ¿por qué un nativo es objeto de insultos y humillaciones por amar a una mujer?

Pero Nyai no es lo único agradable de Tierra humana. La novela toca varios temas que son, aunque muy propios de la época, profundamente humanos y tristemente actuales. Por ejemplo, toca de forma bien circunstancial el tema de la guerra.

Sobre este particular, me gustó la carta que Miriam de la Croix hace llegar a Minke, en la que explica el repentino descubrimiento que un joven soldado holandés tuvo durante una guerra contra los ingleses en Sudáfrica: no combatían por la libertad ni grandes ideales, ni morían en nombre del honor de su patria, sino por los intereses económicos de unos cuantos.

Se dio cuenta de que el pelotón en el que estaba destacado no era el defensor de nobles ideales sino un simple instrumento del poder colonial. Se sintió avergonzado y desconcertado. Él, que soñaba con ser un héroe, con contribuir al bienestar de la humanidad, se veía convertido en un villano.

La brillante de la Croix agrega:

¡Qué extraño mundo nos ha tocado en suerte!

(Y la pobre ni se imaginaba todo lo extraño y horrible que se pondría el mundo en el siglo XX)

El señor Telinga y Jean también tiene algo que aportar a este respecto:

Todas las guerras coloniales de los últimos veinticinco años han tenido el mismo móvil: el dinero. Hemos luchado para conseguir nuevos mercados para los capitalistas europeos. El capital es el eje del poder, rige el destino de la humanidad —prosiguió Jean.
—Yo creo que las guerras son un ejercicio en el que el más astuto sale victorioso —apuntó el señor Telinga.
—No, señor Telinga —protestó Jean—. La guerra no es un fin en sí mismo. Muchos pueblos no van a la guerra porque deseen paladear la sensación de victoria. Muchos, como los aceneses, van a luchar y mueren por un ideal, por defender algo más importante que la muerte, la vida, el triunfo o la derrota.

Así, los grandes temas universales como el amor y la guerra, superpuestos sobre un lienzo de precariedad social, abrazados por una recién parida revolución industrial, debidamente sazonados con una implacable mentalidad colonial y matizados con pequeños gestos de grandeza humana nos da como resultado esta grandiosa novela.

Para terminar el fangirleo intenso, una cita más de la gran Nyai Ontosoroh, que podría ser extensiva para todos los pueblos del mundo:

Si todos los nativos hablasen como nosotros queremos hacerlo, ¡sonaría un gran rugido! Tal vez el cielo se haría añicos ante semejante clamor.

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3 comentarios sobre “Tierra humana y una mujer del siglo que viene

  1. Me apunto el nombre del libro, a ver si con suerte alguna biblioteca cercana lo tuviera y pudiera leerlo. ¡Gracias por la reseña! Tampoco conozco apenas la situación de Indonesia (ni cuando era colonia holandesa ni ahora, honestamente), así que me vendrá genial para aprender.

    Un saludo (:

    1. Yo creo que sí es relativamente fácil de encontrar en físico, ojalá lo encuentres, vale mucho la pena. Yo lo conseguí en formato epub, así que si sos lectora de ese tipo de formatos, con gusto te lo hago llegar :). Saludos y gracias por comentar.

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