Breve confesión quince

Salir de casa y tener que tomar una postura. Para todo: para el vendedor que no volverá a vender, para la niña embarazada, para el motorista asesino, para el repudio de los que nunca han pecado.

Una postura. Como si fuera la cosa más sencilla. Encausar el pensamiento en función de tres o cuatro prejuicios inamovibles. Esto somos, dicen. Y no hay mucho por hacer.

Excepto quizás…

Cerrar un par de años los ojos.

Parpadear más seguido.

Buscar esquinas que todavía no hiedan a mierda y a sangre.

Pagar por un retrete caro, para expiar nuestras culpas mientras cagamos buenas intenciones.

Correr sobre sonrisas importadas.

Y desnudarnos con las ganas apagadas.

 

Salir de casa y tener que tomar una postura: incertidumbre y asco.

Ahí tienen la mía.

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