El día que nos adoptó una galleta

Fue un catorce de febrero de hace dos años que traje a Óreo. En aquel momento Óreo se llamaba Julio y mis papás no tenían ni la menor idea de que se estaba mudando a casa.

Le fecha fue una simple coincidencia en la que no habría de reparar hasta que mi hermano menor me hizo notarlo. No pretendía hacerle a  mi familia un regalo de San Valentín, y aún si esa hubiese sido mi intención, un gato hubiese sido lo último que les habría regalado.

Pero consiente o no de la fecha, esa mañana pasé por Julio a la casa de un compañero, lo puse en el asiento del copiloto y me vine durante todo el camino escuchando cómo lloraba. Yo no sabía qué tenía que hacer. Estaba un poco angustiado y me ponía tenso el que no se fuera quieto. Iba demasiado pendiente de lo que hacía y tenía miedo de tener algún accidente. Era la primera vez en mi vida que tenía una mascota. Un gato. Además del potencial accidente, tenía que pensar en un plan de contingencia en el caso extremo de que el viejo no lo aceptara. Y la comida. Y dónde iba a dormir. Y qué iba a pasar si se enfermaba. En ese momento supe que quizás no lo había pensado tan bien. Pero todos esos problemas tendrían que ser atendidos por orden de urgencia. Lo primero era llegar.

Llegamos. Intactos, aunque yo juraba que el viaje había sido más traumático para él que para mi. Cuando nos bajamos lo pude ver bien. Negro con pecho blanco; negro con patas blancas; negro con bigotes blancos. Pequeño casi insignificante. Con el pelo un poco sucio y temblando ahora sé que de miedo. Maullaba mucho y yo seguía sin tener muy claro qué hacer al respecto.

Lo metí a mi cuarto e instintivamente se escondió debajo de la cama. Salí a buscarle comida a la tienda y se la puse en el suelo. No se dejaba ver, pero en algún momento de la tarde escuché cuando salió a comer.

Después de un par de horas, de habituarse al nuevo entorno y, supongo, después de la comida, comenzó  a salir más de su improvisada trinchera y a medir el terreno. Me gusta pensar que desde aquellos primeros encuentros su instinto animal no le advirtió de ninguna amenaza latente y creo que fue bastante rápido su proceso de adaptación.

Cuando llegaron a casa mis hermanos se alegraron mucho de verlo, pero a los tres nos corroía la misma duda casi insana de si mi papá lo iba a aceptar o no. En realidad aquella incertidumbre era bastante infundada, ahora que lo pienso. La verdad era que nunca habíamos tenido una mascota y, al menos yo, nunca escuché que mi papá profesara algún odio particular por los gatos.

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Siempre oportuno

Cuando decidí que quería tener una mascota, cuando decidí específicamente que un gato era lo más viable, porque no necesitan mayores cuidados y todo eso que ya se sabe, puse en la balanza los pros y los contras y eran estos últimos los que se terminaban imponiendo casi absolutamente, de no ser por un pro bastante circunstancial: mi vecino de la par era estudiante de veterinaria.
Así que a él acudí aquel primer día para que le hiciese un chequeo general y me diera un par de recomendaciones.
Recuerdo algunas: lavarle bien las orejas porque están sucias y le puede dar otitis; ponerle la comida en un plato (sí, no lo había pensado) y mojársela un poco porque sus dientitos todavía no son tan fuertes. Además las vacunas que habría que ponerle y todo eso de rigor.

Pasamos la tarde jugando con Julio. Viendo cómo corría detrás de cualquier cosa que se moviera, y de cómo saltaba. Su cuerpo tan pequeño pero ya preparado para la caza era lo que más me fascinaba. Su forma de mordernos la mano como con cierto respeto. Su indiferencia incuestionable cuando se aburría de jugar.

Llegaron los viejos en la noche. Yo salí, no recuerdo a dónde, así que no pude ver las reacciones de los dos. Le llamé a mi hermano y me dijo que se habían enojado. Pero algo en la forma en la que me lo dijo me dio tranquilidad. Supuse que no se habían enojado tanto. O que quizás no era enojo lo que habían sentido, tal vez solo era sorpresa mal disimulada.

Con mi mamá no había mucho problema, su mayor objeción (y es la más razonable de todas) es que uno se encariña con los animalitos y luego uno sufre cuando no están. Desconozco las del viejo. No recuerdo, hasta ahora, que mi papá me haya hecho muchos comentarios en esos primeros días. Sí recuerdo cómo poco a poco se fue quebrando su aparente malestar por el nuevo inquilino. Recuerdo cómo un día me mandó a comprarle una bola de lana para que jugara, y ese mismo día me mandó a comprarle atún para gato porque mi vecino veterinario le dijo que era lo mejor.

De ahí en adelante Julio (rebautizado por mi mamá ya para entonces como Óreo, por un símil bastante evidente que no pienso explicar) comenzó su lento pero imparable proceso de adoptarnos a cada uno.
Ahora nos permite vivir cómodamente en sus terrenos. De vez en cuando nos deja la casa libre. A veces nos deja dormir con él sus camas, acariciarlo cuando anda de humor y ese tipo de cosas. Ya aprendió a vivir con nuestras manías excéntricas de ofrecerle comida cuando no tiene hambre o de querer jugar con él cuando tiene sueño.

No lo podría decir con certeza, y estoy seguro que su orgullo no le dejaría admitirlo nunca, pero creo que en dos años Óreo se ha encariñado de nosotros y se está convirtiendo en un Human Lover.

Oreo
Óreo

 

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