Guiños (Cartas Rotas II)

Hay semanas infinitas, viernes infinitos, cafés infinitos, promesas infinitas. Y si bien los absolutos siempre terminan por marearme hasta hacerme vomitar, de vez en cuando será, supongo, recomendable dejarse llevar un poco por la mano turbia del destino: semánticamente tan parecido al infinito que uno acaba por rendirse.

En el otro extremo tenemos, para variar, a la calamidad cotidiana, más sutil y más poderosa que sus innombrables parientes: dejarse llevar por el hastío de comenzar un descanso en medio de otro descanso; una suerte de negación de la negación del deleite sistémico y banal; de un tipo de incertidumbre inevitable y deliciosa.

Y la pugna estéril pero necesaria entre ambos se disputa en medio del caos social, inequívoco referente de que seguimos aquí, derrumbándonos pero con vida; jodidos pero con docenas de opciones que siempre estarán convenientemente proscritas.

Hay, ahora sí maticemos adrede, semanas infinitas que terminan de repente; viernes infinitos que oscurecen temprano; cafés infinitos que terminan en risas y promesas infinitas que llegan puntuales.

Entonces la calamidad se disfraza de buena suerte y las deslumbrantes miserias terminan concediéndole una oportunidad al destino: en una banca cualquiera, a una hora cualquiera, por una circunstancia cualquiera, en el lugar más improbable te encontrás un libro de Tolkien. Inverosímil.

Diosito te guiña el ojo.

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