Cartas rotas (I)

Uno tiene en la vida sus placeres, sus delirios, sus pendejadas, sus propias formas de elegir las sombras; sus propias formas de tomar café. Uno tiene, además, sus contextos; sus respuestas sin preguntas; algunas veces, por qué no, uno hasta tiene sus felicidades muy personales, muy egoístas.

Y pues verá, uno tiene que hacer algo con todo eso. Uno necesariamente tiene que hacer algo. Porque la vida no permite más que un desvarío a la vez; porque la vida, sobretodo aquí en el tercermundo, es una cosa muy jodida pero infinitamente encantadora. No es cosa de irse despacio, no es cosa de andar preguntando nada. Se debe correr, se debe luchar, contra la apatía, en primer lugar, contra el desgano, contra los dogmas; aquí la muerte es un hipérbole que no da lugar a posturas inconclusas ni a planteamientos mal elaborados. Aquí la risa siempre es agresiva, siempre duele un poco.

Y te decía, uno tiene que hacer algo; porque uno es uno con sus maletas cargadas de tantos cansancios milenarios; de tantos cadáveres exquisitos; uno es uno con sus soledades pobladas de nombres que todavía no aprendemos a pronunciar. Y uno a veces la caga, querido, la caga con ganas; la caga porque quizás cagarla es la única irreverencia que se nos permite fuera de la poesía; porque es nuestra manera de ser libres, libres de veras, de las malditas farsas que nos predican los diarios; de las fórmulas mágicas que ya no nos sirven de nada; de las putas ganas de suicidarnos…

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