Carta mal escrita

Podríamos decir que está bien; amar la desesperanza como a pariente lejana está bien. Abrazarla antes de dormir para que las pesadillas sean fructíferas. Besarla en la frente al despertar, como para insultar el recuerdo de nuestros muertos. Podríamos decirlo, que la huidiza memoria de nuestra felicidad se aprehenda para siempre en la tiránica duda: siempre tan letal, tan presente.
También podríamos aceptar, sin temor a equivocarnos, que la súbita obscuridad que nos inunda los rincones de la existencia es, en realidad, una metáfora del amor.

Podríamos decirlo -todo esto- sí, pero primero tendríamos que abofetear a dios.

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