Terapia de Grupo

Estás sentado en el medio de un parque. El sol todavía no quema, pero ya casi. Compraste un cigarro aunque no querías fumar; cuestión de costumbre, el vicio obra de maneras misteriosas. Cerrás los ojos para dejarte llevar por el ruido. El vulgo siempre te pareció fascinante porque nunca fueron de tu misma especie. Sabés que no sos mejor que ellos, solo tenés una mejor vista de la mierda que nos atañe a todos. Eso te jode ¡cómo te gustaría ser mejor que ellos! O ser igual. Cómo deseás no tener consciencia de esa frontera infranqueable que te estremece hasta el punto de no querer ponerle nombre. Abrís los ojos y los ves a cada uno. Cómo quisieras poder llamarlos míos, darles un abrazo y hermanarte con sus prejuicios para siempre. (El cigarro se terminó hace ratos y hoy quisieras otro. Los vicios son los caprichos del alma) No entendés cómo puede existir gente tan pobre. No sabés cómo puede justificarse la vida con tan poca gracia. Te horroriza pensar qué tanto puede llegar a equivocarse el universo, el destino y el infinito. La vida entonces te parece el acto más inmoral que existe y quisieras estar muerto, pero el sol ya ofende y mejor te levantás. Vos sabés que en el fondo sos ausencia. Ausencia de pueblo.

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