La Borra de Mario

En la primera entrada de este sitio justificaba el porqué del nombre: la borra del café es el título de una novela de Mario Benedetti. Básicamente mi argumento era que, según la novela, en alguna cultura de la que hoy no me acuerdo, los adivinadores, y demás gente entendida en materia de magia, leían la borra -léase residuo- que dejaban las tazas del café que alguien tomaba, y a partir de esa lectura se podía descifrar el futuro del individuo en cuestión. Algo parecido a lo que hace la profesora Sybill Trelawney, interpretada con genialidad por Emma Thompson en Harry Potter y el prisionero de Azkaban (dato: esta es la primera referencia friki de este blog) Y esa analogía me pareció entonces muy apropiada, ¿qué mejor testigo de mi pasado, fundamento principal de mi futuro, que mis tazas de café? si el café ha sido, hasta hoy, la única constante en mi vida.

Hoy quise traer a colación al buen Mario por dos razones: una, según Wikipedia hoy (septiembre 14) el uruguayo cumpliría 94 años; y dos, hace un par de días Benedetti se me volvió a cruzar en el camino, ya no sólo con su poesía sino con un género que yo desconocía en él: el cuento.

Pues bien, el estilo poético de San Mario Benedetti (como le llamó alguna vez Sabina) sigue siendo un punto de encuentro donde convergen las más variadas opiniones. Por un lado -y creo que aquí son mayoría- están los que consideran que su poesía es hermosa por simple; porque tiene la habilidad de transformar lo cotidiano en sublimes metáforas y porque es capaz de decir cosas que, en apariencia, cualquier parroquiano más o menos instruido pudiese decirle a la hija de la tortillera que representó su primer amor [porque eres linda desde el pie hasta el alma/porque eres buena desde el alma a mi…] Y están, por supuesto, los que lo detestan a muerte por la misma razón: Benedetti suele caer en un tediosos simplismo que lo vuelve un poeta idóneo para esas almas descarriadas que beben de las fuentes de la poesía de vez en cuando; cuando tienen tiempo. En cambio, para los estúpidos obstinados para quienes la poesía es poco menos que un estilo de vida, su poesía no es consumible porque aburre, infinitamente.

Yo personalmente he estado en ambos lados de esa moneda. He amado sus versos y luego los he aborrecido hasta la médula. Si hoy me lo preguntasen, creo que mi respuesta sería “Benedetti, como poeta, es un buen novelista”. Porque sí, dejando de lado los sentimientos encontrados que me suscitan sus versos, siempre he tenido claro que sus novelas constituyen su más precioso legado. Gracias por el fuego y La Tregua son dos novelas que siempre voy a querer porque me remontan a mis años del bachiller confundido y medio pusilánime que siempre fui. Luego está La Borra del Café, que fue la que me terminó de convencer de comenzar este mi segundo blog, como ya habré acotado hasta el cansancio.

Pero como decía más arribita, recientemente me encontré con un cuento suyo (La noche de los Feos) que me pareció aterrador por increíble. Mi primer sorpresa fue darme cuenta que don Mario había escrito cuentos -nunca me había fijado que en la Wikipedia aparece ese dato, jiji- y que, además, los había escrito con una maestría admirable. Esa misma simpleza que sustenta su poesía, extrapolada a la narrativa cuentística se vuelve invaluable y no hace sino enriquecerla. Además, Benedetti tiene un serio trauma con el ahorro de palabras, lo que, otra vez, es una auténtica dicha para el lector consuetudinario de cuentos. Benedetti sabe cómo comenzar un cuento y, más importante todavía, sabe dónde y cómo debe terminarse. El coloquiasmo tan polémico de su poesía se traduce en el cuento en una forma desencarnada, directa y hermosa de contar una historia [Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida…]

En fin, parece ser que mi relación con el uruguayo, que yo desde hacía varios meses daba por muerta, resurge de las cenizas para quedarse por algún tiempo más. Quizás en unos días me vaya a dar una vuelta a alguna librería de prestigio en el Parque San José para ver si consigo alguno de sus libros de cuentos y poder enamorarme de nuevo de su pluma, para dos meses después volverlo a detestar por simplón y eso.

¡Felicidades, Mario, y gracias por el fuego de tus cuentos!

Posdata completamente innecesaria: Dicen algunos pesimistas que la primera influencia literaria a la que uno se expone deja una huella indeleble en la forma y el estilo de escribir y/o de entender y disfrutar la literatura. Bien, yo creo que eso es cierto en parte. Es cierto que vamos a atesorar con especial cariño aquellos libros que nos deslumbraron sobremanera y que, de alguna u otra forma, nos volaron la tapa de los sesos (¿no es cierto que son esos los únicos libros que valen la pena?) A mi me sucede siempre que acabo un poema: siento en él la presencia silenciosa de don Marito y me odio a mi mismo un poco por ello. Pero quizás son solo ideas mías, por si acaso, juzgue usté: Auto/retraso, Tercer Hallazgo y Cálculo

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