Borges, su Aleph y Yo

Cuando era pequeño sabía donde hallarlo. Bastaba encerrarme en el pequeño guardarropas de mi habitación, dejar la puerta entreabierta para dejar pasar solo un poco de luz solar. Esperar sentado, viendo las curiosas figuras que el poquito de luz dibujaba sobre la oscuridad. El tiempo de espera nunca era igual. A veces aparecía de inmediato. Otras veces  podía pasar horas, o por lo menos lo que a mi incandescente niñez se le antojaban como horas.
Pero sin importar la liturgia, o el tiempo que tardase, siempre llegaba.
Yo sabía que estaba por producirse porque a su llegada lo antecedía un rumor como de vientos de octubre, no tan fuerte pero constante, que me producía una tranquilidad muy parecida a la paz. Luego una luz fuerte que me cegaba. Y finalmente aparecía. Ese círculo perfecto igual de diminuto que el universo. En el que todas las realidades convergían impávidas sin excluirse ni eliminarse. Eran todas las bellezas humanas matizándose con las fealdades divinas. Verlo era como ser auténticamente feliz.
Se podría decir que con mi cortísima edad no lo comprendía muy bien; pero yo he llegado a sospechar que era, justo, esa inocencia lo que me permitió apreciarlo sin que en ningún momento surguiese en mi la oprobiosa necesidad de quererlo poseer.
Era un estado muy singular del pensamiento, en el que por algunos minutos podía comprender a la perfección la miseria humana, sin perder nunca la fe sincera en una restauración utópica. Era una amalgama extrañísima de fatalidad y esperanza. Era una idea que yo comprendía, pero cuando crecí perdí la capacidad de enunciarla con palabras.

Un día dejó de presentarse. Pasé mucho tiempo buscándolo. Recriminándome por no seguir los pasos a cabalidad, o por no tener la suficiente paciencia, pero todo fue inútil. Aquella gota con el universo adentro nunca volvió a aparecer.

Muchos -muchísimos- años después supe de otro hombre que también lo había visto. Me sentí entonces un poco defraudado, todo ese tiempo pensé que yo era una especie de elegido por algún ser supremo para ser el único merecedor de verlo. Me sentí defraudado y colérico. Aquel individuo no solo se atrevió a contarle el más preciado secreto de mi niñez al mundo entero, también tuvo la osadía de ponerle nombre: el Aleph, le llamó.

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