Según Matías

El tiempo, dijo, ese irrefrenable hijo de puta que se relativiza solo con el capricho inescrupuloso de los sentimientos. Jodidos sentimientos.
Pero en los sueños el tiempo es un invento, un subterfugio. Como en la literatura. Como en los recuerdos. Como en la nostalgia. Así que dejá de llorarla, sentenciaba.

La memoria, continuó, es la mensajera del tiempo, tan puta como la mismísima imaginación, pero un poco más disimulada.

Yo asentía con levedad. Matías era el más lúcido de mis amigos, pero su corta empatía con el desamor humanizante no le alcanzaba para entender que el recuerdo de su sonrisa todavía me dolía en el pecho. El tiempo, entonces tan joven y arrebatado, ni se percataba de nuestra perorata.

Aquel domingo lo vi por última vez. Entre cafés y cigarrillos, me exponía sus más ilustres argumentos sobre por qué el amor entre seres humanos debería ser condenado como la peor de las blasfemias por todos los nauseabundos tribunales celestiales. “Amar al prójimo es escupirle en la cara a dios” me dijo mientras se despedía.

Aquel domingo Matías se suicidió.

Su nota de suicidio era un papel sucio en el que se habían garabateado unas cuantas palabras: “Ni dios, ni unión, ni libertad”, se leía.

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