Tras-pasos

Me levanté el domingo como me levanté durante casi 8 años de juventud mal vivida: con un dolor de cabeza insufrible y un vocecita en el oído izquierdo diciéndome que no sirvo para nada.

Salí como pude a comprar algo de comer. Eran cerca de las 10. La gente andaba más distraída que de costumbre; o quizás yo me estaba poniendo más idiota. El alcohol te avejenta, me dijo algún estúpido alguna vez.

Había algún evento importante. En el comedor había una radio encendida a todo volumen y pude escuchar el himno nacional. Tuve que disimular las arcadas y tratar de no vomitar. El patriotismo es un mal compañero de la resaca. Qué himno más feo, ¿en serio algún cristiano se creyó que eso era el tercer himno más bello del mundo?

Me senté en el primer espacio que encontré vacío. El señor al lado era un viejo conocido. Siempre coincidíamos en aquel sucio comedor, con comida de tercera pero convenientemente barato. Me sonrió y casi le agradecí aquel gesto. Necesito distraerme.

Hoy es el traspaso del nuevo presidente, me dijo como adivinando mis dudas.

¿Y por eso tanta bulla? atiné a decir. En ese momento me di cuenta que en realidad no quería hablar.

Sí, me dijo, por eso tanta mierda.

Pedí un café. Ni sabía por qué había salido de casa. Ni siquiera tenía dinero más que para un café insípido.

Este país siempre anda necesitado de una excusa para ponerse a verga, siguió el viejo. Nunca en mi vida he estado más de acuerdo con alguien.

Mi cabeza seguía siendo un martirio.

Mirá, hijo, yo no necesito buscar razones para ponerme a verga, ¿y vos?

Usted sabe que no, repliqué ofendido.

La vocecita seguía sin callarse, el café no me estaba ayudando mucho. Cuando termine voy y me suicido, pensé, hoy sí.

Entonces terminate eso y vámonos, dijo el viejo, esta mierda nos está esperando para un traspaso más vergón, y sacó una botella de aguardiente barata; sonría con malicia.

Puta viejo, le dije, otra vez me arruinaste los planes.

El alcohol siempre es el mejor plan, sentenció.

Salimos y hacía calor. La gente estaba prendida de sus televisores, felices o encabronadas, viendo a su nuevo presidente.

¡Puras pendejadas! arremetió el viejo.

Ahuevo, pero apúrese a abrir esa onda, le dije. El dolor de cabeza se había puesto peor con el sol.

Tener nuevo presidente no debería alterarlos tanto, gente idiota.

Nos sentamos en el dique de la entrada del pasaje.

¡Nuevo presidente! ¡Puras pendejadas! repitió el viejo.

Ahuevo, dije para mi.

Me sirvió el primer trago y me lo di de un solo.

El dolor de cabeza se fue mágicamente, pero la puta vocecita seguía sin callarse.

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