Maltripeándolo (I)

Todavía recuerdo la primera vez que compré un libro tuyo. Tenía 18 años y muchas más respuestas que preguntas. Ya para entonces había logrado dilucidar que la literatura era algo esencial en mi vida, pero mis nociones de la poesía eran precarias. De hecho, nunca han dejado de serlo.

También recuerdo lo que más me impresionó de vos: esa forma tan poco solemne de abordar los temas que ameritan siempre toda la seriedad de que uno dispone; tu tono siempre burlón, tu humor bien elaborado.

Tengo que admitir que al principio no te entendía. O te entendía a medias, que viene siendo casi lo mismo. Entendía tus ganas de joder y tu antipatía fingida; también entendía lo difícil que debió ser para vos burlarte desde tu trinchera de algunas instituciones en tus tiempos. Pero seguía entendiéndote a medias.

Hoy te entiendo mejor. Entiendo cuando escribís que Marx le corrigió la renca labor a dios; o cuando hablás de dialéctica, o cuando reescribís lo que un día te dijo un joven anarquista sobre que hay que cultivar sacerdotes. También entiendo cuando decís que nuestra poesía es más puta que nuestra democracia, de hecho eso quizás lo entiendo mejor de lo que vos pudiste anticipar porque no sabés cuánto más puta se ha puesto nuestra democracia en este siglo.

Este mes de mayo estuve releyendo tus poemas. Ya sin la pasión de los primeros encuentros; ya sin la idealización de que padecía en aquellos primero roces. Hoy te redescubrí. Tus ideas raras sobre qué debería ser la poesía, tus posturas siempre incorrectas, tus bromas  inoportunas y tu clarividencia casi insólita.

Con esta relectura también supe qué tan cabrón puede llegar a ser un poeta y que algunos clichés son bienaventurados.

Ahora leí que alguien se cuestionaba que qué estuvieras haciendo en estos días, si quizás serías director de biblioteca, como tu amigo Manlio; o Secretario de Cultura, o funcionario de algo.

Yo, desde mi más inocente ignorancia, creo que si vos siguieras vivo ya estarías muerto. Así de contradictorio. No te concibo de otra forma porque fuiste vos, con tu puño y letra, que nos prometiste no llegar a viejo; que en tu vanidad nos dijiste que serías un gran muerto y luego nos condenaste a los adolescentes a imitar tus gestos de júbilo.

 

Ahora que se cumplen 39 años de tu asesinato, todos los que te leemos y releemos decimos tu nombre, pero también decimos sílabas extrañas, decimos “guanaco” “poeta” “poesía” “revolución” “hijosdeputa” “gracias”.

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