Poesía Metropolitana

Abordé la unidad de transporte cómodamente en la estación más cercana de la universidad. Me dirigía no sé bien para dónde, para realizar alguna actividad que tenía que ver con filas en bancos o algo así intuía. Me senté en uno de los últimos asientos, justo al lado de la salida trasera. Viajar en bus, pese a la paranoia siempre presente, me resultaba particularmente grato aquel día. Podía descansar un poco y poner en orden algunos desmanes mentales.

La liturgia de los que suben y bajan parecía ser la misma de siempre, cuando en eso la vi. No la recordaba muy bien, pero estaba casi seguro de que era ella. Era la segunda vez que la miraba. Morena tostada, de cara ovalada y pelo enredado, pequeña casi insignificante. Esta vez portaba un sombrero como de pescador, y abrazaba como siempre su guitarra. Se situó con cierta dificultad al frente y comenzó a hablar. Ahí comprobé que era ella.

La última vez la vi sin sombrero, con uno de esos cortes de pelo que a la gente casi siempre les asusta o les divierte, una de dos. Con un vestido que se reñía entre lo hippie y lo étnico. Yo me encontraba entonces en otras situaciones, menos relajado, más fuera de mi.  Hoy sí la escucharía como se debe.

Después de la introducción de rigor, comenzó la música. La letra de la canción tenía que ver con una casa en el árbol. Al principio cantó en francés o en inglés, el ruido ingrato del motor no me dejaba distinguirlo bien. Luego comenzó con el español, de eso sí estoy seguro. No recuerdo la letra de la canción, pero sí recuerdo la sensación de bienestar que reproducía.

Miré a mi alrededor. Muchos universitarios como yo; todos ensimismados en sus pequeños infiernos personales. Lástima, pensé. Yo seguía escuchándola, encantado.

La canción terminó justo al llegar a otra parada. La mujer de la voz ronca/encantadora explicó algo de su situación. Creo que mencionó algo de un “autoempleo” y se quitó su sombrero de pescador, pasando de asiento en asiento. Me complació sobremanera ver cómo todos los pasajeros sacaban monedas. Es tan raro encontrarse con un acto de altruismo en el transporte público. Me equivoqué al suponer que no sabrían apreciarlo, me corregí.

Luego llegó hasta mi, sonriente casi tímida. Yo no me podía quedar atrás y también saqué una moneda. Se quedó de pie cerca de la salida, esperando que parara. En mi asiento de dos solo estaba yo, así que tomé valor.

Qué bien cantás, le dije. Y ella me sonrió.

Qué lástima que los artistas tengan que andar así, me atreví. Me miró extrañada, y luego volvió a sonreír. Parecía decidida a no hablar.

El bus comenzó a bajar la velocidad. Ella bajó una grada. La puerta seguía cerrada.

¿De dónde sos? hice el último esfuerzo.

El bus se detuvo. La puerta estaba abierta. Ella tenía un pie afuera.

 

De cualquiera lugar donde haya poesía, me dijo. Y me sonrió otra vez.

 

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