Se fue

Ayer se nos fue Gabriel. No sé muy bien por qué, pero cuando mi mamá me lo contó no lo pude creer, a pesar de que sí sabía que había estado mal de salud en los últimos días. Además, con 87 años tampoco es como que te agarre por sorpresa la noticia, pero aún así no lo podía creer. Dejé el episodio de House Of Cards y me fui a ver CNN. Y pues sí, el maestro se nos había ido. Se me hizo un pequeño nudo en la garganta. No entiendo bien por qué. Nunca me había pasado. Estoy convencido que la conmoción de la muerte solo te llega cuando es alguien cercano a vos. Pero se me hizo un nudo, pequeño, casi imperceptible. Algo así como cuando se muere algún tío lejano, que lo viste un par de veces y te cayó bien, pero nada más.

Yo ya tengo ratos de no leerlo. De hecho, tengo ratos de no leer a nadie del Boom. Por eso también me sorprendió mi reacción. Yo leí a Gabriel en el colegio y lo disfruté muchísimo; abrazado a su pluma descubrí ese mundo de la literatura que sentía realmente mío, con el que me identificaba plenamente. Antes de él, antes de Vargas Llosa, antes de Fuentes, mis incursiones en la literatura había sido con Dan Brown, cuyas aventuras disfruté sobremanera, precisamente porque me transportaban a escenarios europeos, que vistos desde mi comarca bien podrían ser pura ficción. Pero con ellos era distintos, aunque hablaran del sur, aunque mencionaran pueblos que no conocía (y que sigo sin conocer), y usaran palabras distintas y el contexto en general fuera distinto, yo me sentía parte de eso. Quizás porque, como dijera alguien por ahí, Latinoamerica es un solo pueblo. Por eso me apropié de ellos, como me apropiaría años después de Dalton.

Ya en la universidad descubrí uno de los mejores rostros del maestro: el Gabo periodista. Leí Noticia de un Secuestro y Relato de un Náufrago casi de un tirón, me parecía una forma exquisita de tomar la mejor narrativa de un novelista consagrado y ponerla al servicio de la no-ficción. Entonces ni sospechaba que yo iba a seguir por ese camino también, pero creo que la razón por la que me gustó su lado periodista era porque lo sentía más cercano, me parecía un lado más humanizado o, quizás,  menos divinizado que su lado escritor.

Así fue que, cuando confirmé su deceso, en lo primero que pensé fue en el periodista, antes incluso que en el escritor. Luego recordé Macondo, y esos días en los que uno tenía que imprimir aparte el árbol genealógico de los Buendía para no perderse. Y al coronel sentado viendo a la playa. Y a los pueblos que siempre imaginé en sepia. Y a tantos personajes que se me escapan. Lo imaginé con sus camisas playeras, y sus pantalones sin planchar y sus sandalias, el eterno desaliñado. Pensé en esa manía que él  mismo aseguraba tener por nunca escribir palabras con la terminación “mente”, porque sentía que se empobrecía el lenguaje. Quizás fue por ese Gabriel que se me hizo ese nudo pequeño, imperceptible, que tuve que ignorar por estética más que por convicción.

Se fue el gran periodista. También se fue el gran escritor. También se fue el sucesor de Cervantes. El gran narrador. Se fue el cronista de América. Y con ellos se fue el gran ser humano.

Pero todos ellos dejaron tras de sí la memoria en forma de letras, la imaginación traviesa, la acuciosidad ensordecedora y varios miles de lectores desperdigados por el mundo que aprendimos de su obra que la realidad también puede ser mágica.

Gracias, maestro, por enseñarnos a soñar.

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