Anoche el teatro

Anoche fue el teatro. El independiente. El de poco presupuesto; el de escenarios más bien sencillos, sin iluminaciones rimbombantes, nada extravagante. Anoche fue ese teatro, decía, o quizás esa forma de entenderlo, la que nos llevó a comprender otra cosa. Algo más; lo que siempre estuvo ahí. Ese indescifrable sentimiento de que algo no encuadra. Ese descubrimiento tardío y a la vez tan puntual, propio del arte bien ejecutado.

  Anoche la actuación de tres volvió a iluminar la extinta Luna. Le devolvió los bríos de antaño, cuando ese espacio era un refugio idóneo para las almas en pena, para los pobres diablos desterrados en su propia tierra; para los militantes infortunados de una guerra que perdieron antes de nacer. Pero anoche volvió a ser esa trinchera; ese consuelo.

     Anoche fue el teatro el que nos hizo remover esos escombros, y reinventar la mejor silueta de este pueblo melancólico; de arte desangrado y butacas vacías; de moribunda memoria y esmerada indiferencia.

El Salvador es eso: una sala de teatro vacía.

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