Intentos fallidos (Desvelos II)

Mi vida en  la literatura comenzó cuando yo tenía más menos 13 años. Algún pariente buena onda me había mandado dinero y a esa edad no hallaba en qué gastarlo. Así que un día, caminando por algún centro comercial, entré a la librería a tontear, creo que andaba con mi mamá, y lo vi: un libro ocre, grueso, que daba la impresión de ser antiguo. El autor era un tal Sir Arthur Connan Doyle y el libro no podía ser otro que el de Sherlock Holmes, un nombre que alguna vez había escuchado vagamente. La contraportada terminó de convencerme y supe que tenía que comprarlo. Aunque en ese momento mi mayor alegría fue encontrar por fin una excusa para gastar. El libro me cautivó desde el primer momento. Era impresionante la capacidad de aquel personaje para ahondar tan profundamente en los detalles, sacar conclusiones acertadas y resolver así los más siniestros y desentrañables  crímenes, llegando incluso a salvar  vidas.

Así descubrí mi pasión por las novelas. Pasé por muchos autores, algunos buenos, otros clásicos, la mayoría del Boom; también leí a autores que no deberían serlo; leí El Principito, a Dan Brown y a Paulo Coelho; los amé… luego los odié, luego me fueron indiferentes. Pero fue hasta muchos años después que llegué a descubrir todo el bien que el hábito de la lectura podría acarrearle a una persona.

La poesía llegó muchos años después, de la mano de Mario Benedetti. Antes de él, mi idea sobre poesía se limitaba a Un rancho y un Lucero de Alfredito Espino, y algunos retazos del Poema de Amor de Roque Dalton; y en ese entonces ninguno de ellos me llamaba nada la atención, debo admitir. Con Benedetti aprendí que la poesía también podía ser coloquial; tratarse de lo cotidiano; fluir de forma natural, no necesariamente subsistir del amor. Y eso me gustó.

Poco tiempo pasó hasta que me decidí a comenzar a escribir. Al principio escribía sin saber qué: si era un poema, un ensayo, una carta de recomendación o un currículum vitae. Pero escribía, y eso fue lo interesante. Poco a poco pasé de la ignorancia general a la específica, y comencé a intentar escribir poemas. A cual más nefasto. Solo espero que se hayan perdido y estén ardiendo en el infierno de los malos versos.

Y ahí pasé algún tiempo, tratando de sobrevivir a fuerza de poemas. Con el tiempo he mejorado un poco, según lo que yo mismo he ido juzgando, y encontré nuevas influencias; así me he ido guiando, tratando de plagiarle alguna buena metáfora a Borges o a Rimbaud. El año pasado tuve la oportunidad de unirme al Círculo Literario Letras Libres UES, donde he podido compartir algunos poemas con otros jóvenes que sufren la escandalosa manía de escribir versos; conocí personalmente poetas nacionales y descubrí, felizmente, que en este paisito hay gente que produce.

Actualmente, llevo alrededor de ocho o nueve meses con la idea de escribir cuentos. Los cuentos tampoco me habían llamado nunca la atención porque mi parámetro era Disney y sus Blancanieves y Cenicientas. Pero un buen día del señor me topé sin querer con Octaedro, un libro de cuentos de Cortázar que me voló la cabeza. Me parecía inconcebible la idea de escribir libros de esa especie; cuentos como “Manuscrito hallado en un bolsillo” me ponían los pelos de punta, y entonces me dejé arrastrar como quinceañera enamorada, y me volví un fanático del buen Julio. Luego conseguiría “Bestiario”, “Historias sobre Famas y Cronopios” y finalmente leí la gran novela: Rayuela. La extraordinaria capacidad narrativa del argentino me atraía sobremanera; y fue, probablemente, la causante de que yo quisiera comenzar a escribir cuentos.

Ocho o nueve meses después de querer escribir el primero, sigo odiando todo lo que escribo, a pesar de que algunas ideas me han parecido buenas. No he logrado escuchar la voz de los personajes, o recurrir a la brevedad, o definir la línea de ideas adecuada, pero lo sigo intentando.

Hoy, nada menos, comencé a reescribir un mal intento de cuentos que tenía desde hace varias semanas. Lo escribí con lapicero rojo, no sé muy bien por qué. Me pareció malo, pero lo escribí casi de un tirón. Y me agradó la sensación de fluidez. Quizás en otro desvelo me anime a corregirlo, y en otro a analizarlo, y en otro a publicarlo.

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