Desvelos (I)

Con el nuevo año nacieron nuevas manías; una, para ser preciso: el desvelo. Yo que siempre me he jactado valientemente de mi capacidad innata de dormir, dormir y dormir; que siempre pensé, orgulloso, que el día que me parieron yo ya venía con sueño, y que he cultivado el arte de dormir casi bajo cualquier situación, contexto o excusa, hoy me encuentro en el humillante predicamento de tener que rogar por poder dormir un poco; suplicar porque en el transcurso de la noche se me dé el milagro de encontrar el cansancio preciso y abandonarme entero en la peligrosa aventura de las realidades oníricas que olvido antes del primer café de la mañana.

Cuando este desastre comenzó, lo relacioné con cosas contraproducentes como malos augurios, momentos desagradables, conversaciones incómodas y ese tipo de tragedias cotidianas. Hoy descubrí que eso no, necesariamente no. La costumbre de dormirme pronto me había hecho olvidar la dicha infinita de escribir de noche, sin el rumor de lo cotidiano ni el eterno aliento de la costumbre; escribir de noche y a puertas cerradas, mientas el mundo, o al menos el mío, duerme plácidamente o no, sobre sus tristezas y verdades.

“Y heme aquí converso

arrancándole versos al insomnio

deshojando angustioso las edades

de esta noche pusilánime

que a veces llevo adentro…”

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