Otro Jueves Cobarde

Transcurrió aquel jueves entre carreras poco usuales, descuidos y olvidos, tareas inconclusas y sonrisas inesperadas.  Corrí, fui, hice y lo más importante: no hice lo que debía. Por algunos minutos la emoción se me escapaba por culpa de la siempre maldita cotidianidad de los problemas nuevos a las soluciones de siempre. Y aunque la compañía siempre es buena,  ese día todos me estorbaban un poquito.

Aquello era rutina, pero algo había cambiado; se palpaba en el aire un aroma diferente, una mueca oculta develando lo inaudito. Quizás no era nada. Quizás era yo. Pero ¿qué importaba la razón?

Me senté al filo de la tarde, esperando un juego que poco entiendo pero que era incapaz de perderme. Releí panfletos oxidados y sonreí como un poseso mientras una sombra se contoneaba sin escrúpulos enfrente de mis complejos.

A las seis de la tarde me escabullí por alguna grieta para tener una cita con el tráfico catastrófico, que siempre es más dramático cuando uno anda con las fantasías alborotadas.

La cena improvisada, la compañía idónea y otra vez las carreras de la vida, esas que uno busca sin buscar y encuentra cuando ya no sirven de nada.

Otra tarde como las demás, sin amores rotos de casualidad, otro jueves de esos, pensé en algún momento.

Los descuidos y las malas andanzas, el destino que algunos llaman dios sin apellido. El siempre entretenido juego del azar que por gentileza lúdica califican como vida. Todo se juntó aquel jueves de noviembre, tan ordinario hasta entonces como el que más.

Pero no, a las 9 de la noche aquel jueves cobarde cobró una inusitada valentía: sonaron las primeras notas de una melodía nueva que conocía desde siempre. Salieron al escenario los mismos que se hundieron con el Titanic, tocando la última nota en el más bajo de los fondos: ni tan jóvenes ni tan viejos. Porque, y esta es una hipótesis atrevida, los músicos gozan del derecho divino de no tener edad, solo melodías. Unos minutos más tarde aparecía en escena el poeta, el soneto hecho carne, el hombre que como músico es un muy buen fumador.

Entre versos y acordes, sonetos y sonrisas, aquella cobardía tan propia de los jueves se diluyó despacio, casi sin querer. Los presentes le dimos paso a la apoteosis cósmica de la música, los momentos inolvidables eternizados en acordes, y  sobretodo las malas compañías, que como ya se sabe, resultan ser siempre las mejores.

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