Don Miguel

El motorista del bus que debía de llevarme hasta la parada donde podía tomar el otro bus (valga la cacofonía), el que me iba a llevar a las puertas de mi hogar, decidió que en ese viaje iba a cambiar la ruta y no pasar por mi parada. Quizás quería experimentar cosas nuevas o algo así. Me bajé, caminé las 6 cuadras que me separaban de mi destino. Un poco de ejercicio no le hace mal a nadie, me mentía a mi mismo. En realidad estaba encabronado pero, ya qué.

Llegué a donde me tocaba, sudando y con sed. Esperé los quince minutos valientemente y me subí a la primera cosa que se pasó enfrente; no fue un bus, fue una coaster. Detesto un poquito más a las coaster, pero quería llegar a mi casa.

Me subí como pude, en la media parada que amablemente me hizo el señor conductor. Todos los pasajeros me inspeccionaron acuciosos, con una mirada rápida pero decidida. Probablemente llegaron a la tranquilizadora conclusión, basados quizás en mi apariencia, que yo no representaba ningún peligro para sus vidas ni sus objetos de valor. Por mi parte hice lo mismo y respiré aliviado de no encontrar ningún rostro amenazante.

Un señor de unos 55 años (quizás tenía 70, soy pésimo calculando edades), me sonrió con familiaridad, Le hice un gesto que no soy capaz de describir. Me señaló, con la misma sonrisa, que el asiento de la par venía desocupado. Lo pensé mil veces, pero decidí tomar el riesgo. ¿Qué sería de la vida sin esos momentos de adrenalina intensa?

Me recibió en el asiento doble con un efusivo: -¿Y qué tal está su mami?;

Genial, otro amigo de la familia al que no me interesa conocer.

-Bien,.. ahí… trabajando, improvisé.

Había sido una mala idea, no tenía intenciones de pasar el resto del viaje en una conversación incómoda y estéril.

Las preguntas del anciano continuaron.

-¿Siempre vive su tía allá en Lourdes?

Ok, algo no está bien, pensé.

-Sí, siempre. Todos los fines de semana vamos a visitarla, le dije.

-Aaaaah qué bueno. Yo tengo ya ratos de no verla. Hay me la saluda.

-Mmmmmm… mire, qué vergüenza,  pero es que en realidad no recuerdo su nombre…

-Ja ja ja Ya decía yo. Si yo a usté lo conocí bien cipotillo. En realidad me sorprende que se acuerde de mi.

-¡Qué pena! Va a disculpar…

-Nombre, no se preocupe. Me llamo Miguel. Yo era el dueño de la panadería donde su abuelita llegaba a comprar el pan, allá mismo en Lourdes.

-Aaaaah sí, creo que ya he oído cuando lo mencionan a usté y a su panadería. ¿Y qué tal el negocio?

-Pues lo tuve que cerrar… los pandilleros, ya ve… la situación. Simplemente ya no se podía… usté entiende.

-Sí, me imagino. Qué mala onda…

-Sí, todo mal… qué le vamos a hacer… ¿Y su abuelita qué tal siguió?

-Pues ya mejor, ya anda dando guerra ja ja ja.

-Ja ja ja es que así somos los viejitos…

-Sí, creo que así son todos ja ja ja.

-Bueno, hijito, me alegra haberlo visto. Me saluda a la familia. Aquí me bajo yo.

-Sí, don Miguel, yo se los saludo. Cuídese.

Y al final, resultó ser una conversación entretenida. El viaje se me hizo corto y me había olvidado del enojo de antes.

Pobre don Miguel, lo juzgué mal de entrada.

Casi me dio pena no haberle dicho que me estaba confundiendo con alguien más.

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