In(ter)dependencia

Este año me propuse concienzudamente leer literatura nacional, costara lo que costara; no como una respuesta a mi débil y casi insignificante sentido de patriotismo, sino más bien como una forma de conocer de primera mano qué significa hacer literatura en un país en el que todos (en serio, todos) ensalzan con euforia el hábito de la lectura que nadie (o casi nadie) practica.

Hoy van nueves meses y medio del bizarro año, y aunque he malogrado mi propósito original leyendo a algunos extranjeros como Saramago, Dostoievski y Rulfo, he logrado leer y releer a algunos buenos y totalmente olvidados poetas y novelistas nacionales, cuyas obras nunca marcaron a ninguna generación, ni sobresalieron a niveles internacionales, ni ganaron prestigiosos premios, ni crearon hitos históricos en la concepción de la literatura universal, pero deberían.

Aún tengo unas deudas enormes con algunas de las grandes y mejor conocidas obras capitales del imaginario salvadoreño, como los libros del siempre amado Salarrué, o los fastidiosos poemas de Alfredito Espino o los nunca pasados de moda libros sobre la guerra civil que ganamos (¿?) en el 92. Algún día de estos tal vez se me ocurra saldarlas y entonces tal vez pueda alegrarme adrede porque mañana sea la celebración de la in(ter)dependencia de este pueblo amargo, y encabronarme heroicamente porque cayó domingo y no iremos a huevonear metódicamente, como nuestros próceres soñaron.

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