Prejuicios

Un anciano malhumorado con olor a humo y con ganas de mandar a todos al mismísimo infierno, maldice a todo el que se le ponga enfrente.

Un niño llora.

Una pareja de lesbianas terminan de darse un húmedo beso de bienvenida;  pasan a mi lado y me miran como desafiándome a juzgarlas; desafiándome a condenarlas.

Un joven refleja su malvivir con desprecio en la mirada y con su ropa andrajosa.

Alguien llora… allá en el fondo.

Un amable cobrador de bus ofrece elocuentemente sus servicio de transporte a un grupo de señoritas bien perfumadas que lo miran con desdén y con un poco de asco, pero solo un poco.

Una señora con cara de asustada camina tres pasos, se detiene, mira a su alrededor y luego camina otros tres pasos. Repite este ritual hasta el infinito.

Una simpática muchacha con uniforme de colegiala observa con lujuria al estudiante de medicina que pasa a su lado con su gabacha blanca entre las manos.

El estudiante de medicina pasa al lado de la simpática muchacha sin notarla. Va ocupado lidiando con sus demonios internos.

Alguien grita.

Predican a Cristo allá a lo lejos ¿o estarán vendiendo tomates y cebollas?

Un grupo de encorbatados abordan la unida de transporte, así, sin más.

Un niño tropieza; otro se mofa.

La  paranoica señora de los tres pasos aún no camina ni una cuadra.

El señor malhumorado ya halló a quién putear.

Un rockero camina sin prisa, luciendo su maltratada cabellera, su barba mal cortada y su eterno desprecio por sus prójimos.

Una bella dama es codiciada por un grupo de mecánicos bienintencionados, que le proponen en reiteradas ocasiones la oportunidad de ser amada.

Alguien enciende un cigarro. No se alcanza a ver quién, pero el olor lo delata.

Una anciana vende mangos, chicles, cigarros y regala consejos sobre lo malo de fumar. Una pésima vendedora.

Un elegante automóvil se detiene respetuoso ante la intransigente luz roja.

Un indigente con cara de hambre se acerca al elegante automóvil y apela en vano a la caridad de su dueño. No lo consigue. Pero no se frustra, ya se acostumbró al fracaso.

Y hay más, mucho más…

 

Mejor comienzo a caminar, la vista ya me comenzó a doler de tanto prejuicio.

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