Misantropía Navideña

14 de diciembre. Para estas fechas mi fe en la humanidad (o al menos en los salvadoreños) casi siempre sufre un duro revés, contrario a lo que tendrían que suponer estos días de felicidad y desbordada espiritualidad.
La gente deja de lado su buen juicio y sus costumbres, para darle paso a lo que consideran “el espíritu navideño” que, irónicamente, siempre raya en la ridiculez.

Los medios de comunicación, por ejemplo, comienzan a sonar las mismas canciocillas navideñas de siempre remixeadas en bachata, reguetón, norteña, dubstep y un sarta de otros subgéneros extraños y completamente divorciados del buen gusto.
Comienzan los amigos (¿?)publicistas con sus anuncios navideños; con Santa Claus vendiéndonos llantas, baterías, comida mexicana, celulares, computadoras y hasta condones.
Algunos más atrevidos incluso incorporan otros elementos como renos, duendes o a la siempre anciana y bienamada señora Claus.
Los cristianos aportan la nota divertida con sus estériles intentos de disuadir al resto de criaturitas del Señor de no olvidar “el verdadero espíritu de la navidá”, que en última instancia viene siendo ir a la iglesia un rato el 24 y luego alcoholizarse “hasta ver a dios”.
Por su parte, los inconversos, inconfesos, incautos y por siempre condenados no-cristianos inician sus temerarias cruzadas en pro de vulgarizar y ridiculizar a los cristianos y a sus retrógradas creencias; pero disfrutan de nochebuena tanto o más que ellos.
Los presentadores de tv, por otro lado, comienzan sus infructuosos intentos de mostrarse más alegres de lo habitual; de llenarnos de ánimos y felicidad; de parecer, aunque sea un minuto, personas muy espiritufláuticas y profundas.

El resto de mortales nos limitamos a soportar de buena gana los últimos talegazos que nos deja ir el año que se termina; nos hacemos buenos propósitos; los más atrevidos vuelven a poner un pie en una iglesia luego de todo un año de ateísmo involuntario; los menos osados elevan una oración ingenua y pobre.
Abrazamos a nuestro prójimo, deseamos de corazón que el mundo alcance la utopía de la paz; queremos a todos, incluso a nuestros enemigos; visitamos a nuestros parientes lejanos, nos lamentamos por no vernos durante todo el año y hacemos planes para reunirnos de cuando en cuando, aunque todos sepamos que eso jamás va a suceder.
Nos emborrachamos en memoria de los que no están; nos emborrachamos en memoria de los amores perdidos; nos emborrachamos en memoria de todos los triunfos del año; nos emborrachamos en memoria del nacimiento de nuestro salvador.

Nos volvemos incoherentes, estúpidos, ridículos, pero felices.

Luego aparece enero y todo vuelve a la normalidad.

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