Domingo

Me gusta el domingo porque es, probablemente, el único día en el que uno puede darse ciertos lujos sin que estos conlleven remordimientos pseudomorales o consecuencias contraproducentes.

Por ejemplo, el domingo uno se puede dar el lujo de ser impuntual en cualquier compromiso y aducir para sí mismo la fantástica excusa de “es mi único día libre. Me merezco dormir un poco más; madrugo todas las mañanas”. Y claro, cualquier persona medianamente educada y trabajadora podrá comprender al cien por ciento estas razones, así que uno no se queda con aquella pena infernal de “quedar mal” con el prójimo.
Además, los conceptos de “tarde” y “temprano” dejan de estar relacionados con el tiempo físico y cuantificable, y pasan a estar regidos por el humor y los estados de ánimo.
Las horas pueden ser muy largas o muy cortas, dependiendo de cómo se sienta uno ese domingo.

Luego está la otra maravillosa virtud, dada exclusivamente para los adictos: uno puede tomar café a cualquier hora del día, sin la pena de tener a algún metido reprochándote tus hábitos cafeinómanos con horarios trastocados.
De lunes a sábado se toma café con el desayuno, de las 4 de la tarde en adelante y, si se quiere, en la cena. Pero el domingo uno toma café a las 12 del medio día; a la 1 de la tarde; a las 11 de la mañana a las 11:59 de la noche, si se quiere. Sin pena ni gloria. Sin prisas.

Después amanece, y es lunes; y es necesario volver a los jodidos hábitos de siempre.

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