Retiros

Todavía recuerdo cómo se siente levantarse a las 3 de la mañana, estando a 12° y con el agua más helada que uno se puede imaginar. Es una locura, no importa la perspectiva.

Amatitlán es eso: una locura.

Ubicado a 27 km de la capital de Guatemala, y a unos 270 de San Salvador, con un clima envidiable y justo al lado de un lago indiscriminadamente contaminado, pero hermoso a la vista de los ignorantes, como yo. Uno se pasea por el mercado y el centro del pueblo como si de pronto se hubiese transportado a otra época. Los teléfonos públicos son comunes; se nota a primera vista el fuerte asentamiento indígena que aún persiste en aquellas tierras mágicas y milenarias. De las pocas sobrevivientes a la voracidad implacable de la globalización.

Estuve allí una semana. Rodeado de gente virtualmente desconocida, salvo por algún que otro amigo. Con la buena intención de acercarme más al ser que, por alguna razón que aún no discierno, consideramos superior.

Fue, pese a todo pronóstico, una experiencia bastante reconfortante. Alejarse un poco; desintoxicarse de la ciudad y de las incoherencias; comenzar a ver tu plan de vida desde otra butaca y cosas por el estilo. Dicen que eso pasa cuando te apartás: visualizas mejor el panorama; dejás de existir por existir y lo comenzás a hacer con toda la consciencia humanamente permitida; vivís -aunque sea por un tiempo reducido- adrede.

Quizás de las cosas más memorables de este viaje ocurrió el cuarto día; cuando tuve tiempo libre, escribí algo. Un par de poemas malhabidos que tenía atorados en el pecho y una carta para un ser de dudosa procedencia. Con 3 hojas y un lapicero prestado; sentado en el respaldo de una vieja banca de madera; rodeado de árboles de ensueño y con el lago Atitlán en el horizonte, fui sincero conmigo mismo; asquerosamente sincero.

Por 5 días dejé que mis dudas se mutaran en certezas; viví creyendo que había un plan trazado para mi desde siempre y para siempre; extrañé y fui extrañado; me resigné a convivir con gente distinta; a someterme a una rutina impuesta y a orar por compasión, más que por protocolo.

Pese a todo ello, lo realmente irónico de toda esta aventura en la que me vi voluntariamente privado de mis habituales comodidades para darle paso a la espiritualidad desbordada, es que la ausencia que más resentí fue la de algo tan banal como pernicioso: el café. Nunca había echado tanto de menos el café de mi vieja.

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