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Hace a penas unos días (10 meses para ser exactos) estaba  convenciéndome a mi mismo de todo el ejercicio que iba a hacer; de todas las dietas; de todas las buenas notas; de todos los libros que iba a leer; de todas las cosas que iban a mejorar en mi vida espiritual; de todo los bestsellers que iba a escribir en el nuevo año que recién asomaba en el horizonte. Esperaba conquistar el mundo en 365, como todo adolescente.

Hoy faltan 62 días  para que este 2012 termine y no he hecho ni la mitad de las cosa que me prometí que haría. Y no siento ningún remordimiento por ello. Me siento más realista que en enero.

Y aunque sé que dentro de dos meses me voy a encontrar atorado en los clichés de añonuevo de siempre, estoy seguro que mis propósitos para el 2013 van a ser un poco más aterrizados: cargados de menos utopías y menos idealizaciones.

Es que uno no puede andar por la vida con (casi) 21 años y proponiéndose ridiculeces como “ser más saludable”.

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