Incómodas

Llega un momento en la vida de toda persona en la que requiere -sí, requiere- de conversaciones incómodas: hablar sobre el clima; declarárse fanático de un equipo de fútbol; arremeter contra la infinita incompetencia de los políticos; o simplemente confesar sus pecados, y mostrarse ligeramente arrepentido.

Ese momento me llegó. Y sigo maldiciendo a la vida por ello. Por esas conversaciones absurdamente incómodas y asquerosamente necesarias, digo.
Son todo un fiasco.

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