Pecar

Oscar Wilde, en varios de sus aforismos, nos recuerda el egocentrismo inherente de quienes sin querer, o con alevosía, terminamos cayendo en el tan estereotipado papel del pecador confeso y ligeramente arrepentido.

Wilde era un genio. No solo por su capacidad irreprochable de burlarse sutilmente de las normas conservadoras de su época, sino por su intuición casi divina de ahondar en las zonas más oscuras del ser humano, y que tan gentilmente compartimos con nuestros congéneres.

Y pues no, yo no soy la excepción. También me vuelvo egocéntrico cuando alguien, amablemente, me tilda de irreverente, pecador o cínico.

 

 

«Prefiero, sabdelo, la locura a la solemnidad»

 

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